Articles sobre literatura

Us hem proposat, al tast de textos, un fragment de l’obra de Gógol Taras Bulba. Per entrar una mica més en l’obra, us oferim aquest article adaptat de Rafael Narbona, escriptor i crític literari sobre aquesta novel·la.

Cosacos en la estepa

¿Puede decirse que un escritor encarna el alma de un pueblo? (…)  Si no trasciende su condición de individuo, su obra pierde resonancia y altura. Sólo cuando otros se reconocen en sus creaciones, adquiere esa condición de símbolo de un tiempo y de un estilo de vida que es el sello de los clásicos.

Nikolái Vasílievich Gógol es un clásico indiscutible, que empezó a escribir bajo el signo de una dolorosa inadaptación, fantaseó con la reforma moral de su época y buscó la paz interior en un trágico e incomprendido silencio. (…)

Gógol es tal vez la versión más exasperada del alma rusa primitiva, reacia a la modernidad, hondamente religiosa y fuertemente enraizada en la tierra. Gógol no se convirtió en un reaccionario con los años. En realidad, siempre contempló con desdén el progreso, el proceso de secularización y el desarraigo.  Su visión del mundo es indisociable de sus orígenes familiares. Nace en 1809 en Soróchinsti (Ucrania). Su madre desciende de pequeños terratenientes polacos y alberga profundas creencias religiosas. Su padre es un hombre notable, que escribe obras de teatro, y con antepasados cosacos. No son detalles pintorescos, sino un legado vivo que influye decisivamente en Nikolái, alimentando desde muy temprano una sincera aversión hacia los pequeños horizontes de las grandes urbes, la mediocridad moral de la vida burguesa y el desapego a los valores tradicionales. Nikolái fue un joven soñador e introvertido, fascinado por la literatura y el teatro. Interpretó algunos papeles dramáticos, demostrando talento para la comedia. Cuando se trasladó a San Petersburgo, publicó con dinero de su bolsillo el poema Hans Küchelgarten. La obra pasó inadvertida. Desalentado, buscó un empleo y consiguió una plaza como funcionario. La rutina burocrática sólo le inspira tristeza y hastío. Las miserables intrigas que presencia acentúan su pesimismo sobre la condición humana. En sus ratos libres, continúa escribiendo. En 1831 llega el éxito con la primera entrega de las Veladas en el caserío cerca de Dikanka. Se trata de un conjunto de relatos inspirados en el folclore y las leyendas de la Ucrania rural. Se convierte en un autor famoso y aclamado, que goza del aprecio de Aleksandr Pushkin, por entonces príncipe y pionero de la moderna literatura rusa. Un año después, aparece la segunda entrega de las Veladas, corroborando su maestría como narrador. Los cuentos que le proporcionan prosperidad y fama son un homenaje a su niñez. Aunque hay romances turbulentos, ardides trufados de mentiras y viejos enconos, la Ucrania campesina se caracteriza por la inmediatez, la serenidad y la armonía. No es el paraíso, pues el ser humano no puede librarse del estigma del pecado original, pero sí un espacio mágico y entrañable.

Frente a la suciedad y el desorden de las ciudades, los ríos, los árboles y las llanuras componen una luminosa sinfonía: «¡Qué embriagador, qué esplendido es un día de verano en la Pequeña Rusia! ¡Qué penosamente calurosas son esas horas en que el mediodía brilla en el silencio y en el bochorno y el inmensurable océano azul, inclinado sobre la tierra como una cúpula voluptuosa, parece haberse quedado dormido, hundido en placeres, abrazando y estrechando a la bella entre sus brazos de aire!» El delicado encanto del paisaje parece un anticipo del paraíso, que refuta la petulancia del saber científico, incapaz de apreciar el sentido trascendente de la belleza: «¡Qué tardes! ¡Qué fresco y libre era el aire! ¡Qué vivo parecía todo en aquellos momentos! La estepa que relucía azulada y rojiza con los brillos de las flores; codornices, avutardas, gaviotas, saltamontes, miles de insectos, y de ellos los silbidos, zumbidos, gorjeos, lamentos, y de pronto un coro armonioso ¡que no está en silencio ni por un momento! Y el sol que baja y desaparece»

En 1835, Gógol publica casi simultáneamente Mirgorod y Arabescos, dos recopilaciones de cuentos con un tono más sombrío. Mirgorod –que se divide en dos partes– se presenta como una continuación de las Veladas. Ambientados de nuevo en Ucrania, los relatos se desplazan hacia lo histórico, pero sin eliminar lo fantástico y sobrenatural. La estepa sigue representando su papel de espacio privilegiado para la purificación del alma. En «Terratenientes del Viejo Mundo», Gógol manifiesta una vez más su aprecio por el mundo rural. Los ancianos propietarios mantienen un vínculo muy estrecho con la tierra, a la que llaman «Madre». Siembran y cosechan, pero con la ternura de un niño que dormita, mientras se alimenta del seno materno. La hermosa historia de amor entre una pareja de ancianos contrasta con el ritmo vertiginoso de las ciudades, donde cualquier afecto es efímero.

«Taras Bulba» no es un cuento, sino una célebre novela corta que recrea el mundo de los cosacos. Tras estudiar en un seminario, Ostap y Andrí regresan al hogar paterno. Taras contempla con orgullo a sus vástagos, altos, hermosos y corpulentos. No quiere que su juventud se malogre por culpa de una vida cómoda y ociosa. Por eso, viaja con ellos hasta Zaporozhie, con la intención de instruirles como soldados.

En «Taras Bulba», Gógol continúa cantando a la estepa: «Al atardecer la estepa se transformó por completo. Todo su espacio de vivos colores se vio tenuemente iluminado por la última claridad del sol y poco a poco se fue oscureciendo, hasta que las sombras adquirieron una tonalidad verde oscura; la neblina se hizo más espesa, cada florecilla, cada brizna de hierba destilaba ámbar, y toda la estepa exhalaba un suave perfume» (p. 298). De noche, el espectáculo no es menos deslumbrante: «Las estrellas les miraban desde el cielo nocturno. Podían oír todo un mundo de insectos que poblaban la hierba, todos sus cantos, silbidos y chirridos, todo ello resonaba en medio de la noche, se filtraba en el aire fresco y arrullaba con un rumor sordo. Si alguno de ellos se levantaba durante un momento, la estepa aparecía ante él toda sembrada de brillantes luciérnagas» (p. 299).
Lejos del lenguaje poético y sensual con que Gógol recrea la estepa, San Petersburgo comparece como una ciudad pálida, húmeda, monótona y sucia, con un cielo tan oscuro que apenas se distingue el día de la noche.

 

Per saber més sobre Txékhov i la seva obra t’oferim la primícia de la publicació de tots els seus contes. Llegeix aquest article, t’interessarà!!

MATES149

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